Réquiem

No voy a escribir sobre todas las putadas que me ha dedicado 2018. Tampoco pretendo enumerar las cosas buenas del año, porque las listas no son para mí [1] y personificar un año sólo serviría para que me entrasen ganas de apuñalarlo. Sin embargo, sí quiero escribir sobre el 2018.

Hace muchísimo tiempo que he dejado de reflexionar sobre las cosas que me pasan, sean buenas o malas. Entender y explicar las cosas se puede decir que forma parte del currículum cerebral de la gente. Cansa muchísimo y te quita energías para intentar resolver los problemas o bien admitirlos y vivir con ello. Por tanto, una enumeración es poner en primera línea enemiga todas esas cosas que estaban bajo tus pies (y vendrán a por ti y se llevarán tus ojos). Si corres en el sitio lo que menos necesitas es que el suelo que pisas tenga socavones o tierra suelta. De la misma manera, los propósitos de año nuevo son como planchas que se van aproximando hasta reducir el espacio que tienes, como en las películas, sí. No enumenaré los años y no voy a hablar de lo que ha sido y de lo que espero que sea, así que presentaré una imagen más concreta y presente que resume sin duda la enumeración.

Hace poco estaba dando un paseo por el pueblo y decidí subir a la zona más alta. El conjunto histórico y monumental ha sido objeto de estudio y sigue siéndolo. Los edificios en pie son más fáciles de datar y estudiar, pero lo que hay bajo tierra es más complicado, aunque la sierra esté llena de cosas que decir. Allí estaba yo, mirando despacito los laterales de las iglesias, las torres y las construcciones en ruinas. En un mutismo respetuoso ante la avanzada edad de las construcciones, pero esperando que un pajarito o una piña que cayese al suelo rompiese el silencio sepulcral. No corría el aire y hacía un Sol espléndido de invierno, así que la piña seguiría en su lugar. Justo detrás de la iglesia más antigua se escuchaban murmullos de gente. Bordeando la pared de la iglesia y dejando atrás el magnífico portón lateral como quien recorre un pasillo de puntillas, descubrí a qué se debía aquel murmullo. Junto a la iglesia hay una explanada empedrada, y allí se me apareció un coro de niños pequeñitos correteando detrás de un perrito. Cada uno correteaba en una dirección y el perrito es el que marcaba el tempo en aquella polifonía de camada de cachorros. Angelitos, podría perfectamente decir dado el contexto del enclave religioso, pero los ángeles no tienen churretes ni van vestidos con la ropa de los domingos. Los niños correteaban ajenos a la verja negra antiquísima coronada con una cruz y las calaveritas de los cipreses de alrededor. La estampa la contemplábamos los familiares y yo, que aparecí de la nada para unirme a aquel trance hasta que una piña cayó cerca de mí y salí del ensimismamiento. Los ángeles, pensé, sí sabrían perfectamente que aquella plaza improvisada de piedra y Sol era el antiguo cementerio.

El 2018 se muere y yo sigo viva, pero algo me deja muerto dentro y algo suyo va a seguir vivo en  mí. Dos mil dieciocho: corretearé por tu tumba, ajena a ti.

 

 

Este texto ha sido escrito escuchando Requiem for my friend de Zbigniew Preisner (1 hora 8 minutos).

[1] La enumeración pertenece a la épica, siendo un género que prefiero leer antes que vivir. La faldita con armadura no es mi prenda, la verdad. Si quieres leer sobre el apasionante mundo de las listas, te recomiendo El vértigo de las listas de Umberto Eco.

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